martes, 17 de mayo de 2011

PRIMEROS AUXILIOS EMOCIONALES EN EL PARTO

Esta entrada corresponde al artículo publicado por el Dr. Carles Frigola en el nº5 de la revista  bimensual GiroSalut.





PRIMEROS AUXILIOS EMOCIONALES EN EL PARTO

Uno de los objetivos de la medicina orgonómica es preparar a las personas para ser mejores padres. Mucho del trabajo de Wilhelm Reich esta enfocado a prevenir la armadura, ya en la más tierna infancia, empezando en el propio nacimiento y en los primeros días después del parto. La orgonomía apoya el parto natural. La mejor situación posible para que una mujer tenga un parto fácil y natural es cuando se encuentra en una habitación pequeña, con poca gente a su alrededor y una comadrona experimentada a su lado. En estas condiciones muchas mujeres son capaces de dar a luz por ellas mismas sin ningún medicamento.

Anna es una mujer de 27 años, que quería tener un parto natural sin ninguna intervención médica. Asistió regularmente a la consulta de un grupo de ginecólogos que conocían el trabajo de Wilhelm Reich y que aceptaron el compromiso de asistirla durante el parto, sin actuar, salvo que fuera absolutamente necesario. El parto tendría lugar en una pequeña clínica de Gerona.

Durante los meses de embarazo no hubo ninguna complicación. Ana trabajaba y hacia vida normal asistiendo a los controles mensuales. Las primeras contracciones empezaron un viernes por la tarde y por la noche rompió aguas. El ginecólogo que la visitó en la consulta le dijo que todo progresaba lenta y correctamente, y le recomendó que se quedara en casa descansando. A las siete de la tarde del sábado, Anna empezó a sentir contracciones más fuertes y frecuentes.

Después de la exploración, el mismo ginecólogo que la atendió dijo que ya podía ingresar en la clínica, esperando que el parto se desarrollara de una forma natural. Ella y su marido prepararon la ropa necesaria y se instalaron en la habitación esperando los acontecimientos y viviendo las contracciones uterinas sin ningún tipo de ansiedad. Anna que conocía los diferentes tipos de respiración, pudo modular el dolor relativamente bien.

Sin embargo, hacia las cuatro de la mañana las contracciones se intensificaron y Anna empezó a sentir-se “intranquila”. En este momento me llamó por teléfono – tal como habíamos convenido – para que la ayudase a manejar la situación. La comadrona de la clínica la visitó y encontró que la dilatación progresaba de una forma correcta. A pesar de esto, Anna empezó a protestar i sentía el dolor con cada contracción. La ayudé a que se dejara ir, permitiendo que expresara la rabia que sentía en la pelvis y en la boca, las dos zonas de bloqueo más fuertes en su organismo. Después de unos minutos de “Primeros Auxilios Emocionales”, Anna pidió ir al lavabo y cuando salió, la máscara de enfado de su cara había desaparecido. Se acostó en la cama y consiguió dormir un rato hasta que las contracciones volvieron a empezar, esta vez con más intensidad.

Hacia las seis de la mañana las contracciones uterinas aumentaron de frecuencia y Anna empezó a ponerse “frenética”. El marido que se había retirado al domicilio familiar para descansar- Anna estuvo acompañada de su madre toda la noche- entró en la habitación y tubo que salir rápidamente porque Anna no quiso hablar con él, diciéndole que “no lo necesitaba para nada”, apareciendo reflejada su estructura de carácter fálico-agresiva, que emergía de debajo de un carácter histérico. Anna empezó a gritar, a protestar; yo facilite que salieran estas expresiones fálicas al mismo tiempo que le movilizaba los segmentos ocular y oral, haciendo que respirase correctamente, sin que estuviera agarrotada. Mi intervención era gentil y con contención.

Ahora las contracciones se hacían más tolerables y la atmósfera de “caos” inicial fue derivando hacia una situación emocional “real”. El marido colaboró y participó también, observando y tolerando emocionalmente la agresividad sana y natural de su mujer.

Hacia las ocho de la mañana llegó el ginecólogo- en la clínica estaba únicamente la comadrona que estaba asistiendo a Anna- y se empezaron a realizar los preparativos para la expulsión.

Antes de la expulsión, cuando las contracciones se hacían “insoportables”, Anna puso los ojos en blanco, tuvo un ataque de pánico y pidió insistentemente un calmante. Estaba en un estado como de “desvanecimiento”. Traté de movilizarle los ojos con una linterna y le ordené que siguiera la luz, animándola a que respirase plenamente, ayudándole con mí otra mano presionando el tórax a cada expiración. Le di una toallita para morder y la animé a que mordiera y expresase su “furia” y su “rabia” con los ojos. Lo conseguía durante unos pocos segundos pero volvía otra vez “dentro de su cabeza”, desconectando de la situación real. Era un síntoma inequívoco de disociación histérica. Esta situación se repitió varias veces mientras trabajaba en los PAE.

Cada vez que yo trataba de que mantuviera un contacto emocional con sus contracciones, inmediatamente desconectaba. Le dije a Anna que probara de expresar el dolor de las contracciones con fuertes gritos (le dije que aquí nadie se preocuparía por esto) y que tratara de mantener los ojos abiertos y que respirara profundamente. Durante la expulsión Anna grito muy fuerte pero no perdió el contacto emocional con la situación y pudo “ver y sentir plenamente” como su hija salía por la vía vaginal. A continuación la cogió en su vientre y la abrazó, apareciendo el reflejo del orgasmo de W. Reich (los genitales de Anna y su boca se acercaban con cada ola de corrientes vegetativas en su cuerpo y que Anna sentía con mucha emoción y sin ningún tipo de dolor). Justo lo contrario del “arco histérico”.

A su hija la llevaron al baño después de nacer. Mientras la comadrona y el marido le limpiaban la piel, la sostuve y vi como sus ojos estaban abiertos y “enfocaban”. Lloró un rato y después se calmó

La expulsión de la placenta fue normal y al final Anna tuvo unos ligeros temblores en las dos piernas. La animé a que los sintiera mientras respiraba profundamente. Los temblores demostraban que le habían quedado aun trazas de armadura.

A la una del mediodía, cuatro horas después de la expulsión, cuando entré en la habitación vi que Anna y su marido estaban comiendo una paella (era domingo y aquel era el menú de la clínica) mientras su hija, que ya había succionado del pezón unos pocos minutos antes, dormía plácidamente al lado de su madre. El proceso natural del parto duró 33 horas.

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