miércoles, 1 de junio de 2011

WILHELM REICH- LOS PADRES COMO EDUCADORES:LA COMPULSION A EDUCAR Y SUS CAUSAS ( I )

Este artículo fué publicado por W.Reich en 1926, siendo Reich primer ayudante del Ambulatorio Psicoanalítico de Viena y director del Seminario de Terapéutica Psicoanalítica.


LOS PADRES COMO EDUCADORES LA COMPULSION A EDUCAR Y SUS CAUSAS
Una señora a quien conozco vino recientemente a pedirme consejo sobre la educación de su hijita, que cuenta en la actualidad dos años y medio; desde hacia algún tiempo la criatura se mostraba rebelde y caprichosa, lloraba desaforadamente por el más insignificante motivo, se sentaba por ejemplo en medio de la calle y ni la severidad ni la persuasión eran bastante para moverla de allí. He de anticipar que la madre en cuestión, que es allegada a círculos psicoanalíticos, está perfectamente orientada sobre el psicoanálisis, manifiesta gran comprensión hacia los hechos por él comprobados y desde el nacimiento de la niña se esfuerza por extraer de sus conocimientos las debidas consecuencias, aunque desde luego no siempre con éxito.

Entre multitud de otros ejemplos he seleccionado este para exponerlo aquí, por cuanto en la educación de esta criatura han concurrido las condiciones óptimas posibles para un desarrollo favorable. Es evidente que el retoño de un borracho y una mujer desgraciada habría de padecer graves daños psíquicos por efecto del medio ambiente, y la moderna literatura pedagógica ha tratado con frecuencia de casos de este tipo. Pero es importante constatar que incluso en las mejores condiciones posibles surgen problemas de educación que tienen su origen en la actitud inconsciente del educador frente el niño, y que por esta razón resultan difíciles de resolver: no siempre el saber se deja traducir sin más en una actuación consecuente. Ante tal situación se comprenderá, pues, que no es posible pretender, de buenas a primeras, enfocar el problema de la educación desde el punto de vista “¿Qué hay que hacer?”-ya de entrada esto supondría una equivocación, pues yo no soy educador sino psiquiatra-; lo indicado será limitarse a la investigación de los presupuestos psicológicos de la educación y al análisis de las deficiencias de la misma, antes de pensar siquiera en una praxis congruente. No en vano la primera regla fundamental del psicoanálisis prescribe que antes de actuar es preciso entender bien.

Con mis modestas contribuciones a la psicología del educador no hago más que seguir las huellas del pedagogo Bernfeld, quien repetidas veces- y más recientemente en su brillante libro Sisyphos order die Grenzen der Erziehung- ha propugnado en primer lugar la “educación del educador”. Por mi parte me adhiero a su opinión sin reservas de ninguna clase, pero he de considerar la cuestión de la educación desde un punto de vista diferente, a saber: no como pedagogo, cuya responsabilidad es de orden social, sino como médico interesado sobre todo en la formación y curación de las neurosis.

Pero volvamos a nuestro asunto: la señora en cuestión ha evitado ya desde un principio las medidas educativas excesivamente severas y reprueba el castigo físico. Por otra parte, no se le ocultan las consecuencias nocivas de una actitud de tolerancia excesiva que peque por el extremo opuesto. “Otras dificultades las he podido resolver bien, como por ejemplo la costumbre de mojar la cama que tuvo la niña el año pasado y que le duró unos meses. En vista de que no se corregía con sermones ni con riñas y como por otra parte estoy convencida de que los cachetes tienen la culpa de que el mojar la cama se haga crónico, probé de no hacer ningún caso. Poco a poco el mojar la cama se acabó del todo. ¡Pero no puedo consentir que la niña se empeñe en quedarse en el parque cada noche!”

La situación resultaba poco clara: ¿era o no la madre culpable de los accesos de rebeldía de la criatura? Tomando como punto de partida la experiencia según la cual, en caso de dificultades persistentes y confusas en el análisis de adultos, la culpa suele tenerla el psicoanalista, y considerando que la relación analizado-analista tiene mucho en común con la relación niño-educador, pedí a la señora que me describiera detalladamente el último acceso de terquedad de la niña y sus causas. Adivinando mi propósito, ella me aseguró no tener conciencia ninguna de culpa. Parece ser que la niña había estado jugando alegremente y que a la hora de marchar había seguido de buena gana a su madre hasta la salida del parque. Pero al llegar a la puerta, probablemente por sentir cansancio, había pedido ser llevada en brazos. Para no malcriar a la niña, la madre se había negado a llevarla, porque “desde la puerta del parque hasta la parada del tranvía hay solo un trecho muy corto”. Cuando la niña empezaba a protestar, la madre consiguió distraerla con una narración. Pero cuando quiso subirla al tranvía, la niña comenzó a chillar- la madre dijo “berrear”-, aunque luego se calmó, volviendo a empezar cuando hubieron de andar otro breve trecho hasta la casa. Al negarse nuevamente la madre a llevarla en brazos, la niña se sentó en el suelo y no quería seguir. Cuando finalmente la madre la tomó en brazos, la niña le arañó la cara y se puso a chillar y patalear. Una vez en su habitación y sola, estuvo una hora llorando a pleno pulmón, no quería que la desnudaran, no comió nada y sólo se durmió cuando ya no pudo tenerse de cansancio. Al día siguiente no mostraba ningún signo de excitación de la víspera.

Durante esta narración, me llamó la atención el hecho de que la madre mencionara, como sin darle importancia, que no había querido llevar en brazos a la niña “para no malcriarla”. Así pues, había querido educarla. Ahí había de estar escondido el fallo, si es que verdaderamente la culpa residía en la madre. Durante la conversación que siguió, la señora agregó como de pasada:”Por otra parte, he de confesar que la niña ya me va pesando demasiado y que no tenia ninguna gana de llevarla en brazos todo el largo trecho hasta la parada del tranvía.”

Por fin, un punto de luz: para la niña el trecho era corto, para la madre era largo. Semejante contradicción no podía dejar de tener su importancia.

“¿Se enfadó usted con la criatura?” “No.”Esto sí que era raro, pues por lo regular un niño renitente provoca irritación. Al expresar mis dudas, la madre se traicionó a sí misma con la siguiente contradicción:”No me enfadé, seguro, porque no le hice nada a la niña ni le enseñe nada, sino que al contrario le hable con toda paciencia.” Le hice notar esta contradicción, así como la discrepancia entre sus dos versiones de la longitud del trecho a recorrer. Al principio estuvo mucho rato sin querer comprender la contradicción, hasta que de pronto recordó que después de bajar del tranvía, cuando la niña empezó a llorar otra vez, había pensado:”Pues ahora no.”

¿Qué motivo podía haber tenido aquella madre, por lo demás tan inteligente, para “reprimir” la irritación que le había causado la niña? ¿Le resultaba acaso penosa la idea de haber sido ella misma caprichosa o insolente? Al preguntarle yo, recordó que al llegar su marido a casa poco después lo había recibido con estas palabras: “Ya no sé que hacer con tu hija.” Parece ser que en los últimos días la relación entre ella y su marido se había visto se había visto ensombrecida por uno de esos malhumores aparentemente inmotivados que suelen aparecer esporádicamente en toda relación duradera entre dos personas, incluso las mejores. La madre había reprimido su irritación contra la niña porque dicha irritación se había mezclado con la aversión, más transcendente, hacia el marido (“tu hija”), y ello le impidió hacer lo único que habría sido acertado, es decir, llevar en brazos a la niña, que realmente estaba cansada, durante el corto trecho.

En este pequeño ejemplo se ve claramente cómo puede originarse la compulsión a educar. Una perturbación aguda de la relación mutua entre los padres da lugar a un momentáneo rechazo del marido y de “su” hijo; esta aversión lleva a su vez a infligir al niño una frustración innecesaria, que la conciencia racionaliza invocando una finalidad educativa; todo ello provoca en el niño una reacción de rebeldía. La analogía entre la “compulsión a educar” y los fenómenos patológicos de compulsión se manifiesta así mismo en la circunstancia de que ambos obedecen a un impulso instintivo de odio reprimido.

La madre me hizo aún dos preguntas más:

1) qué debe hacerse cuando se producen reacciones de este tipo motivadas por frustraciones necesarias, por ejemplo, cuando la niña se niega a abandonar el parque por la noche, y

2) si la reacción descrita de la niña no había sido ya patológica.

Pregunta 1) Para comprender el efecto que las frustraciones causan en el niño, es preciso tomas en consideración las fundamentales discrepancias, descubiertas por Freud, entre el psiquismo infantil y el de los adultos.

El pensar y el obrar del niño obedecen a leyes diferentes que los pensamientos y actos de del adulto. Mientras que para estos es casi exclusivamente determinante el principio de realidad, el niño, precisamente en la edad crítica, se rige sólo por el “principio del placer”. El niño no conoce exhortaciones internas del tipo “eso no se hace, eso no está bien”; en cuanto a las exhortaciones que le vienen de fuera, simplemente no las comprende. Para él tan sólo tiene valor lo que produce placer, y lo que produce displacer es rechazado. Tal es su lógica, una lógica perfectamente fundamentada desde el punto de vista biológico y psicológico. La reacción de displacer, como consecuencia del “principio de placer-displacer”, se produce automáticamente siempre que el afán de placer tropieza con impedimentos. Por supuesto la mayoría de dichos impedimentos serán prohibiciones de los padres y educadores, que representan otras tantas restricciones impuestas al deseo instintivo. La reacción natural del niño es de rechazo; únicamente la forma de rechazo varía según la edad y el temperamento, su esencia permanece constante: es una mezcla de odio y de rebeldía contra quien inflige la “frustración”. Ahora bien, la educación consiste ni más ni menos que en poner diques al deseo primitivo del niño, exclusivamente orientado a la obtención de placer, y en reemplazarlo hasta cierto punto por inhibiciones de los instintos. Freud demostró también que estas inhibiciones, que constituirán ulteriormente el núcleo de la moral, son elementos introducidos desde el mundo exterior, mientras que en el afán de placer nos hallamos en presencia de un fenómeno biológico primario. Es superfluo inquirir si un niño recién nacido, de padres cultos, en el supuesto de ser abandonado en una isla desierta y de que fuera capaz de sustentarse por sí mismo desde un principio, desarrollaría o no inhibiciones de tipo moral. Pero es probable que la respuesta hubiera de ser negativa.

Ahora bien, si la moral es una proposición que pudiéramos llamar “anatural”, ¿cuál es entonces la razón de su inmensa fuerza (en primer lugar como adversario de los instintos sexuales)? También a este respecto ha ofrecido Freud explicaciones obtenidas por vía empírica. La única razón por la cual la moral ha llegado a ser tan poderosa es que toma su fuerza de los propios instintos y no, como se creyó hasta entonces, porque represente a su vez una tendencia innata, como lo es el afán de placer. En la medida en que el niño, por satisfacer a sus padres, asimila como propias las exigencias de la sociedad, su yo se modifica y progresivamente deja de ser puro yo-placer, adaptándose a la realidad. En un principio, esta adaptación responde exclusivamente a la obtención de placer, si bien en una forma moderada, más altruista y con mayor contenido social. Se comprenderá así fácilmente que lo importante no es tanto arraigar en el niño las exigencias culturales como la manera de hacerlo; que las frustraciones sean tales que puedan concertar un compromiso viable con el afán de placer. De ahí se desprende que una educación sin amor nunca podrá conseguir otra cosa que una adaptación artificial, falsa, a la realidad. Las inhibiciones creadas exclusivamente a base de severidad producirán inevitablemente conflictos en la organización del psiquismo e impedirán una unificación de la personalidad, por cuanto siguen siendo siempre cuerpos extraños.
. . . . ( continuará)





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