jueves, 20 de marzo de 2014

CUIDADOS DE URGENCIA ORGONÓMICOS EN EL NIÑO ( IV )

Esta es la continuación de la entrada anterior publicada en el blog el día 12 de Marzo y corresponde a la adaptación de un artículo leído en la Cuarta Conferencia Internacional de Orgonomia en Munich (RFA), Junio de 1984; escrito por el Dr. Giuseppe Cammarella y publicado en la revista de Sciencies Orgonomiques 1ère Année nº1-1986



CASOS CLÍNICOS


El caso de un niño difícil de 10 años me es especialmente querido por mi. Sus padres me lo trajeron a causa de sus problemas escolares. Tenia grandes dificultades con la lectura (dislexia), sus redacciones eran un verdadero desastre, era un mal alumno, muy por debajo del nivel de la clase. Sus padres estaban convencidos que el estado de sus hijo era debido a una enfermedad orgánica de origen genético ( “Desde su nacimiento siempre ha sido así”). Casi todos lo consideraban  retardado o por lo menos “extraño”. A juzgar por sus resultados escolares, por su comportamiento en la vida diaria, por su nivel psicológico aparente, uno no podía más que darle dos o tres años de edad mental. Mientras, en su conversación conmigo, lo que decía era muy vivo y lógico hasta tal punto que su inteligencia no podía ser puesta en duda. Desde el principio me dio la impresión de estar contraído, de estar encogido por razones bien precisas. Para mi era un ejemplo asombroso de cómo uno puede paralizar a un niño privándolo de iniciativa, frenando su alegría de descubrir, limitando su expresión corporal y sus movimientos físicos ( “ no te muevas”, “ no toques”, “ cállate”). Encarcelándolo en una serie de códigos morales, denigrándolo y embruteciéndolo. El niño daba la sensación de ser una marioneta bien criada.

En casa recibía un doble mensaje: represión inflexible por parte de su abuela materna ( quien de hecho crió al niño hasta la edad de seis años) laxismo por parte de sus padres permisivos. De esta forma arrojado a sus emociones, su estructura energética  era caótica y buscaba frenarlas con rituales obsesivos, la fuga en la fantasía y algunas veces explosiones de cólera destructiva.

Al principio rechazó la terapia diciendo textualmente: “Yo no quiero crecer, así que es inútil que venga ¡” Situación aparentemente sin salida. Sin ocuparme  de su comportamiento de bebé hice una llamada a su inteligencia y lo animé a expresar sus emociones. Me puse a su nivel y me expresé simplemente como un niño de su edad ( que asombro y que estupor en sus ojos):inmediatamente se sintió a gusto y su complejo de la autoridad empezó a flaquear puesto que se dio cuenta  de que yo también – aunque adulto- podía ser como un niño.

El contacto establecido, empecé a trabajar biofísicamente. Era suficiente una ligera y corta estimulación de los músculos al nivel de la garganta y del diafragma para provocar reacciones intensas (pánico, vómitos, sollozos). El trataba constantemente de huir, de hacer sus caprichos o de apiadarme. Era necesario volver a crear fronteras para un niño tan desorganizado para que se apoyara en un terreno solido. Debe sentir nuestra firmeza. Contrariamente a los padres el terapeuta no esta obstaculizado por un lazo emotivo demasiado fuerte con sus jóvenes pacientes. Puede ser movido por sus expresiones emocionales y auténticas, pero sin estar ansioso como lo estarían sus padres. Puede por lo tanto ayudar a los niños a liberar su iniciativa (a menudo obstaculizada por los padres y en particular por los padres “progresistas”),a liberar su personalidad ( ayudándolos a expresarse como ellos desean y no como desean los demás), a liberar sus emociones (por medio de desahogos emocionales).

Con mucha discreción, investigué sobre sus conocimientos sexuales, en particular sobre la masturbación, y me di cuenta de que sus obsesiones escondían una gran angustia sexual (  aunque sus padres  permisivos de paseaban desnudos en casa).

Concentré el trabajo biofísico sobre el bloqueo agudo de la garganta. Era necesario primero liberar ese segmento, incluso si yo sabia que a nivel de los ojos había mucho trabajo para hacer. Cada grito provocaba fuertes sensaciones, también comenzaba a hacer el bebé, se levantaba, pataleaba, hacia caprichos y rehusaba continuar gritando. Yo me contentaba con mirarlo, no mostrando ningún interés a lo que exhibía y le decía: “Hay ciertas cosas que se han de hacer y tú no puedes dejar la habitación antes de haber hecho lo que yo te he pedido”. Él volvía entonces a estirarse y yo continuaba mi trabajo en él como si nada hubiera pasado, sin reproches y sin moralizar. Mi silencio y mi indiferencia a propósito de su crisis de cólera le hicieron comprender claramente ( sin haber recurrido a la palabra) que yo no aceptaba en absoluto su manera de actuar. Gracias a la liberación sistemática de la agresividad y de llantos, el niño empieza a percibir su miedo intenso. Cuanto más miedo, más se comportaba como un bebé y más sus padres lo trataban como tal. Aconsejé a sus padres parar de estar siempre detrás de él, de mimarlo, pero tratarlo normalmente con firmeza y comprensión.

Desde la 10ª sesión, los padres se percataron que el niño se volvía más sociable en la escuela y más independiente en casa ( lo que era difícil de aceptar para ellos, que tenían la costumbre de mimarlo como a un pequeño. Me di cuenta que sus obsesiones habían disminuido y su capacidad de concentración había aumentado. El clima familiar era más relajado puesto que los padres estaban menos ansiosos acerca de su hijo. ¿Qué había pasado? Yo había asegurado a los padres por una parte que el trabajo escolar no tenia ninguna importancia: uno no puede concentrarse cuando está constantemente atormentado por grandes problemas emocionales. Los padres empezaron a tener conciencia de las graves dificultades emocionales de su hijo y se volvieron más comprensivos con sus hijos. Por otra parte, un examen neurológico que yo había requerido  aun especialista no había revelado nada anormal. El neurólogo confirmó que el estado del niño era debido a conflictos emocionales. El también estuvo sorprendido de la inteligencia y de la vivacidad de este niño que no concordaba en nada con su comportamiento y sus resultados escolares.

A la 22ª sesión, he tenido una entrevista con su maestra de escuela ( le había pedido que anotara todo cambio en la conducta del niño a partir del momento en que él había empezado la terapia).
Ella me trajo lo siguiente:
1)                 El niño exponía perfectamente la lección si hablaba en voz baja, mientras que se equivocaba siempre si alzaba la voz.
2)                 Por primera vez en tres años ha sabido su lección de historia.
3)                 Se ha vuelto más agresivo, hace daños en la escuela y manifiesta abiertamente su aversión hacia ella.
4)                 Escribe mejor si se le acaricia la cabeza ( en particular la nuca). Todo esto demuestra que el niño acorazado es infeliz y temeroso, tiene un espíritu tortuoso y su apariencia física es desamparada hasta el punto de dar la impresión de ser discapacitado. Poner al día el odio, las pulsiones destructivas y todas las otras emociones secundarias, restaurar la vitalidad del niño, restaurar su coraje y confianza, de modo que en presencia de las dificultades ya no tenga que refugiarse en un mundo de fantasía, ni reaccionar de forma impulsiva, ni controlarse por medio de rituales obsesivos.

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( Continúa...)





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