jueves, 22 de diciembre de 2011

EL NIÑO SANO Y LA ESCUELA ENFERMA (II)

Continuación de la entrada publicada en el blog el dia 17 de diciembre sobre el articulo leido en la 4ª Conferencia Internacional de Orgonomia, Munich (RFA).Junio 1984 .


EL NIÑO SANO Y LA ESCUELA ENFERMA

Dr. Giussepe Cammarella

Médico orgonomista, Niza

Miembro del Colegio Americano de Orgonomia

. . . Pero hay circunstancias menos favorables donde, por razones diferentes, las educadoras empiezan a sofocar al niño imponiéndole códigos morales, trasmitiéndole su ansiedad y sus temores. Llegan incluso a pegarle si transgrede “sus” reglas de comportamiento o si no se adapta o si osa manifestar abiertamente sus emociones, sus simpatías o antipatías. Pueden incluso amenazarlo evocando simplemente el lobo feroz, el cuarto oscuro o el policía.

Algunos niños están en el jardín de infancia todo el día hasta que sus padres vienen a buscarlos después del trabajo. Una situación bien triste puesto que el niño se siente abandonado, empieza a acumular miedo, odio y resentimiento.

Se empieza ya ,como en las clases superiores, a aumentar el control y la vigilancia con el fin de mantener una cierta disciplina; las obligaciones y las prohibiciones se multiplican, se empieza a regir al niño. El deberá comer a cierta hora, dormir a cierta hora, jugar de tal a tal hora.

Pero, si por el contrario, el niño tiene la suerte de frecuentar una de las raras escuelas que respetan su ritmo biológico y que tiene en cuenta la base biológica de su comportamiento psíquico, todo ira mejor. Vivirá en un medio que le consiente hacer y deshacer a su voluntad, jugar sin el control asiduo de los adultos, libre de iniciarse a los juegos sexuales de los niños, lo cual es importante para su andadura hacia la genitalidad. Vivirá sus juegos con curiosidad y naturalidad y podrá incluso cultivar sentimientos de afecto y de ternura hacia el sexo opuesto. Desde su nacimiento, el niño sano no ha hecho nunca distinción entre placer sexual y ternura, es pues capaz de abandonarse plenamente a estos sentimientos.

Hasta aquí, la escuela no ha sido un problema. Esto parece también ser cierto para los otros niños, visto su comportamiento y su rostro relajado; entre ellos reina buena armonía y encontramos un buen grado de socialización.

Una vez en la escuela primaria, el niño se encuentra en una situación nueva: el comportamiento de los profesores cambia, el de sus compañeros de clase también; debe cumplir el programa que debe seguir y que se convertirá en adelante en “el objeto de culto” de los estudios. Poco importa si uno impone el respeto a este culto con autoridad o de forma disfrazada, bajo la máscara de “nuevas materias”. En todo caso este no es, por el momento, un gran problema para el niño. En efecto, su curiosidad natural, su deseo de aprender, hacen que se entusiasme por todo lo que es nuevo. Mucho antes de la edad escolar quería aprender a leer y como nadie estaba dispuesto a echar a perder los pocos meses que le quedaban de juego- y nada más que juego- que le quedaban aún, él había aprendido a contar sólo mirando el calendario. El sabia pues contar hasta 30 pero si los meses hubieran estado de 100 días, ¡el habría sabido contar hasta 100! Por consiguiente, entes incluso de ir a la escuela, el niño estaba ya biológicamente listo para aprender.

Cuando los profesores afirman que es necesario estimular el aprendizaje de los niños esto es cierto,evidentemente, para los niños acorazados pero no para los niños emocionalmente sanos. Frecuentemente un rendimiento mediocre es debido a una falta de interés. Esta falta de interés viene del hecho que desde los primeros días de vida, su curiosidad natural ha sido inhibida o desviada. Ellos pueden estar apáticos o amorfos ya sea porque son desgraciados, porque están ausentes o para desafiar a sus padres. Es evidente que el niño sano no tiene ninguna necesidad de desafiarlos puesto que no depende de ellos de forma neurótica. El es feliz, se autodisciplina, posee un orden interior. El niño sano no es anárquico sino autosuficiente y ama lo que hace por la alegría que esto le procura. En el caso descrito en esta historia, el niño ama no solamente el trabajo sino que quiere hacerlo bien; llega a enfadarse consigo mismo cuando falla en su tarea hasta el punto de darse golpes en la cabeza por no haber sido capaz de dibujar correctamente las letras del alfabeto.



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(…continúa)

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