martes, 14 de junio de 2011

WILHELM REICH-LOS PADRES COMO EDUCADORES: LA COMPULSIÓN A EDUCAR Y SUS CAUSAS ( III )

( Esta tercera entrada completa el artículo de W.Reich: Los padres como educadores: la compulsión a educar y sus causas)
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Para aclarar lo dicho consideramos algunos ejemplos tomados de la práctica psicoanalítica, donde se aprende a comprender analíticamente no sólo a los enfermos, sino también a su medio ambiente. A cierta paciente no se le había permitido nunca jugar con otros niños, porque su madre, que según todos los indicios debía ser una mujer insatisfecha con neurosis obsesiva y fobia a la sífilis, temía que la niña pudiera contagiarse. En tales casos de exagerada solicitud no falta nunca la motivación contraria: el odio y el deseo de muerte. En este caso particular ello era especialmente evidente, por cuanto la niña solía ponerse de parte del padre, que vivía en desastrosas relaciones conyugales con la madre. La madre había renegado a gritos repetidas veces por tener que estar sujeta al marido y a la hija. El padre de otra paciente la había obligado siempre a comer cuando sufría la inapetencia neurótica corriente en los niños: la forzaba a comerse incluso sus propios vómitos, y si se negaba, la encerraba en un cuarto oscuro y la azotaba con una palmeta. También en este caso se trataba de un matrimonio sórdido y lleno de odio: la madre era una mujer débil y resignada, el padre un carácter decididamente sádico. Otro paciente había sido obligado por su padre, pese a su escasa aptitud, a estudiar la carrera de Derecho; había de llegar a ser “doctor”, pues su padre no pudo alcanzar ese título.
Durante el análisis de la paciente que de pequeña había sido tan bárbaramente obligada por su padre a respetar el “orden de las comidas”, aprendí algo sobre los motivos que pueden inducir a una persona a convertirse en educador. La paciente en cuestión deseaba reparar en otros niños el daño que le habían causado a ella. Pero sus tendencias inconscientes de venganza contra su padre interferían de tal manera en la realización de su propósito consciente, que de hecho se comportaba hacia sus pupilos con verdadero sadismo. Se había identificado inconscientemente con su padre brutal. El deseo de corregir la propia infancia es probablemente uno de los motivos más típicos de la voluntad de educar. Pero para la mente primitiva, inconsciente, corregir la propia niñez no puede significar otra cosa que vengarse, de manera que la voluntad educativa comporta en sí una compulsión sádica a educar, fundamentada en el inconsciente.

En otros casos encontraremos como motivación de la compulsión a educar un “deseo de tener niños” frustrado en edad infantil muy temprana. Las mujeres de este tipo son, relativamente, mejores educadoras, porque adoptan al niño ajeno en sustitución del propio que no tienen, Pero con frecuencia se observa que el deseo de ser educador desaparece al realizarse efectivamente el “deseo de tener niños”.

Así pues, vemos que las motivaciones conscientes no son otra cosa que racionalizaciones secundarias. De ahí se sigue la dificultad extrema de aprehender los problemas de la educación. No existe otro medio que el psicoanálisis individual, esto es, convencer a los educadores del verdadero significado de su actuación. ¿Cómo, si no, sería posible convencer a aquella madre que excluyó a su hija de la comunidad, o al padre ambicioso que violentó psíquicamente a su hijo, escasamente dotado para los estudios, de que su comportamiento está motivado por el odio y el egoísmo? Ya para protegerse contra sí mismos necesitan persuadirse de que solamente pensaban en “el bien del niño”. Se objetará que estos eran casos excepcionales. Sin embargo, el ejemplo citado al principio de las presentes líneas debiera darnos que pensar. Una mujer psicoanalizada, feliz en su matrimonio, inteligente y comprensiva, comete por motivos inconscientes un burdo error de educación. El error en cuestión, comparado con lo que puede observarse corrientemente en la práctica educativa, apenas si merece mención, y sin embargo había acarreado ya graves consecuencias. Tan sólo el pronto reconocimiento y corrección del error pudo impedir que se fijara la rebeldía.

¿Y quién es tan optimista como para suponer que la gran mayoría de los educadores aplicará una medida semejante de comprensión y de recelo consciente? Ello equivaldría a suponer que las neurosis de los adultos, junto con sus equivalencias tales como la miseria social y los matrimonios desgraciados, dejarán algún día de existir. Y sin embargo, la cuestión de la educación es inseparable de la ordenación social y de las neurosis.
No se me oculta que este pesimismo resulta poco indicado para la solución del actual problema:” ¿Cómo hay que educar a los hijos?” Ahora bien, ¿hay alguna otra actitud que resulte más indicada? La escuela de Alfred Adler es optimista con respecto a todas las cuestiones educativas y cree haber hallado el remedio de todos los males con su fórmula de aliento, es decir, de evitación del desaliento. Pero, ¿puede esto modificar verdaderamente la situación? ¿De qué sirven todos los alientos cuando la madre, bajo la influencia de su propio miedo al onanismo, se horroriza apenas ve al niño masturbándose y hace precisamente lo más contraproducente, a saber, infundir miedo también al niño? Si un adulto está dominado por su propio miedo infantil al onanismo, ninguna explicación médica podrá convencerle de que en determinada edad la masturbación es un fenómeno normal. Simplemente, no lo creerá. ¿Y qué aconsejar a una madre, cuando uno mismo no sabe muy bien cómo combatir el onanismo infantil, ni siquiera si verdaderamente conviene hacerlo? No, ciertamente no es fácil aconsejar, porque el desarrollo psíquico es inmensamente complicado; porque, por ejemplo, la tolerancia del onanismo tanto puede tener consecuencias buenas como malas. Así pues, el optimismo de nada sirve; lo único que hace es tranquilizar la conciencia de los adultos, y es síntoma de la compulsión a educar. Incluso parece que a largo plazo será más fructífero un legítimo pesimismo, por cuanto obliga al auto-control y lleva al positivo planteamiento de cuestiones, mientras que el optimismo se limita a disminuir la gravedad de las dificultades.

Una de estas dificultades consiste en que la educación, para tener algún sentido, ha de ser una tarea masiva. El efecto sobre la sociedad será mínimo si en una ciudad de millones de habitantes se educan correctamente cinco o cincuenta niños. El óptimo deseable, es decir, un enfoque objetivo, libre de afectos, de los objetos de la educación, solamente podría lograrse actualmente mediante el psicoanálisis del educador y, por consiguiente, es impensable con respecto a la masa. Por el momento no pasa de ser un proyecto utópico la idea de que algunos educadores plenamente conscientes de sí mismos podrían infundir la comprensión necesaria a la masa de los educadores. Cuando padres y educadores sepan por qué y para qué educan en realidad, cuando las autoridades competentes dejen de creer que su actuación se guía únicamente por el “bien de la humanidad”, cuando la masa comprenda que la relación entre niños y adultos representa la oposición entre mundos distintos, entonces -tal vez- existirá una posibilidad de pensar en medidas positivas de educación.

¿Y hasta ese momento? La inoperancia de todas las medidas educativas actuales, el hecho de que hágase lo que se haga siempre se hace mal, permite deducir- aparte de la necesidad de reconocer y comprender los errores educativos- tan sólo una norma negativa: extrema abstinencia en la educación, restricción de las medidas educativas a las frustraciones absolutamente indispensables, conciencia del hecho de que, por motivos perfectamente naturales, un padre no sólo ama a su hijo, sino que también lo odia. ¿Y los peligros del laissez-faire? En todo caso no serán mayores que los peligros implicados por la compulsión a educar. Debemos pensar que la primitiva fuerza vital que la compulsión a educar pretende domeñar ha sido capaz de crear cultura. Es lícito otorgarle un amplio margen de confianza. ¿Será excesivamente aventurado declarar que la vida sabe crear mejor que nadie sus necesarias formas de existencia?









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