miércoles, 8 de junio de 2011

WILHELM REICH- LOS PADRES COMO EDUCADORES:LA COMPULSION A EDUCAR Y SUS CAUSAS ( II )

. . . La compulsión a educar no sólo se manifiesta en las frustraciones innecesarias, sino también en la forma como los educadores llevan a cabo las necesarias restricciones de los instintos. Y a este respecto cabe distinguir dos tipos básicos:

1) Las manifestaciones instintivas del niño son severamente ahogadas ya desde un principio. Los padres ven en todo impulso instintivo un fenómeno patológico o un síntoma de perversidad congénita, y lo que consiguen con sus medidas disciplinarias es desarrollar en el niño un carácter inhibido de tipo patológico: sus características distintivas son una parálisis de la vida afectiva en los órdenes sexual y social, una inferior capacidad para la lucha por la existencia y dificultades en el proceso sublimatorio. Como quiera que el instinto tiene antes que desarrollarse para que sea posible sublimarlo, es decir, orientarlo hacia fines culturales, el resultado es que estas frustraciones prematuras son además nocivas desde un punto de vista social.

2) Como consecuencia de una vigilancia negligente o de un excesivo mimo, los instintos del niño alcanzan su pleno desarrollo. Al faltar en la educación temprana las frustraciones necesarias, las exigencias del niño crecen hasta tomar una fuerza dañina. Entonces, cuando ya no hay nada que hacer, es precisamente cuando suelen emplearse con vehemencia los educadores de niños “mimados” o “malcriados”. La creciente “malcrianza” del niño provoca medidas disciplinarias cada vez más severas y brutales: dichas medidas no pueden reportar ya ningún provecho, pero en cambio producen en el niño un grave conflicto, cuyos elementos fundamentales son los instintos ya incontrolables, el odio contra los padres brutales y el amor hacia esos mismos padres. Estas situaciones hallan su expresión más clara en los caracteres psicopáticos impulsivos.

Ni la total inhibición de los instintos ni la frustración tardía, y por ende necesariamente brutal, demuestran por parte de los educadores la menor comprensión del conflicto niño-mundo. La solución óptima- por lo menos en teoría- es una educación que permita a los instintos alcanzar primero cierto grado de desarrollo, para luego- siempre en un ambiente de buenas relaciones con el niño- introducir paulatinamente las frustraciones. Si en los dos primeros años de la vida del niño se han cometido errores de gravedad, más adelante difícilmente será posible corregirlos. Las tareas de la educación comienzan ya con el nacimiento.

No ceder cuando un niño no quiere marchar del parque por la noche, o cuando se niega a tomar regularmente sus comidas, es parte de las frustraciones necesarias. Estas frustraciones necesarias se distinguen de las innecesarias por cuanto por cuánto no sólo sirven a los intereses de la sociedad, sino también a los del propio niño. Si el niño continuara siendo tal como cuando nació, es decir, primitivo, egoísta, sólo preocupado por la obtención de placer, más adelante sucumbiría en la lucha por la vida. El niño tiene que aprender que no está sólo en el mundo, que ha de contar con los demás, pues el autodominio le será necesario más adelante, por su propio bien. Mientras la educación se lleve a cabo en nombre de una moral esotérica, supuestamente objetiva, las frustraciones necesarias, aunque no sean brutales, resultaran ineficaces. ¿Cuáles son las frustraciones necesarias? Solamente aquellas que tienen por objeto controlar y canalizar los instintos del niño que representarían un impedimento para la adaptación a la sociedad. Por ejemplo, la crueldad natural del niño habrá de convertirse, en parte en sentimiento de compasión, en parte en actividad social.

Pero no puede hacerse gran cosa con el concepto de “adaptación social”. Fácilmente podremos comprobar cuán poco claro es este concepto, si consideramos que el rico le da un sentido necesariamente distinto del que pueda darle un pobre, y que los fines educativos varían ampliamente según el lugar, la época o la clase social. Lo decisivo a este respecto es la concepción del mundo y habremos de reconocer que cada cual tiene razón desde su punto de vista egoísta como adulto. No es posible aspirar aquí a un consenso de ideas con respecto al niño. La situación es muy distinta cuando consideramos los problemas de la educación desde el punto de vista médico, es decir, desde la perspectiva de la prevención de las neurosis. Si hemos de atenernos a los resultados obtenidos hasta la fecha por la investigación psicoanalítica, no se deja barruntar ningún medio adecuado para evitar el conflicto neurótico. Dicho conflicto es independiente de la condición económica, clase social, nacionalidad o raza, tiene su origen en circunstancias mucho más primitivas, que atañen a la relación niño –padres (complejo de Edipo), y únicamente su resultado, la neurosis, depende, en cuanto a forma y gravedad, de las vivencias accidentales, en particular del carácter de los padres. En líneas generales puede decirse que la gravedad de una afección psíquica es directamente proporcional al número de frustraciones necesarias e innecesarias, y a la severidad con que fueron infligidas.

Pregunta 2) ¿Fue patológica la reacción de la niña? Planteada la cuestión en esta forma, no es posible darle una respuesta. La reacción de rebeldía fue natural en sí, y lógica en sí. Lo único que pudiera considerarse como “neurótico” sería la intensidad de la reacción. Pero también a este respecto es preciso tener en cuenta que la criatura ha sido provocada, que la terquedad de la madre hizo crecer la de la niña. En este caso particular, fue un conflicto agudo lo que impidió a la madre aportar comprensión a la situación. Pero en general es característico de los padres, como de los educadores en general, enjuiciar al niño partiendo como base de sí mismos, atribuirles la misma comprensión con respecto a la inviabilidad de sus deseos que tiene los adultos. Como tal comprensión no existe, toda manifestación del principio del placer se interpreta como cosa enfermiza o aberrante. Parece ser que ello se debe a que los padres, frente a cualquier manifestación instintiva del niño, “recuerdan” sus propios deseos infantiles reprimidos, y las instancias instintivas del niño representan un peligro para la subsistencia de las represiones propias. Ahora bien, este peligro es obviado a base de prohibiciones educativas que exhiben claramente los rasgos característicos de la compulsión a educar.

Además, desempeña un importante papel la irritación contra el niño. Incluso un neurólogo no iniciado en el psicoanálisis se irrita, por ejemplo, ante una tullida histérica, y la hace tratar con la corriente farádica, según el dice, con fines terapéuticos; pero lo que ocurre es que en el fondo considera a la paciente como una simuladora refinada y la está castigando por ello; no la ha comprendido, no ha logrado “sentirse” en ella, “identificarse” con ella. La madre había tomado a la niña por neurótica, esto es, por “mala”, y se había irritado contra ella; y ello por la misma razón que el neurólogo de vieja escuela: por no estar a la altura de una situación en la que deben actuar. En tales casos existe la tendencia a enojarse con quien le ha colocado a uno en esta incómoda situación de sentir la propia ignorancia o instancias afectivas inconfesadas. Aun cuando la mayoría de los padres no tienen el menor conocimiento de la idiosincrasia del niño, el caso es que deben actuar, o por lo menos creen deber actuar. Y así es como la irritación contra el objeto causante del desconcierto se manifiesta en la forma de infligir las frustraciones necesarias, así como en el número de intervenciones educativas innecesarias.

Además, se considera como enfermizo, es decir, indebido, todo aquello que resulta desagradable o incómodo para el adulto. De este modo, los padres pretextan interés por el bien del niño cuando en realidad lo que pretenden en sus actos educativos es satisfacer sus propios afectos, sea cual fuere el origen de éstos. Por mucho que se quiera a los niños, hay momentos en que, consciente o inconscientemente, se les ve como una carga molesta. Entonces de siente irritación contra el niño y con facilidad se le trata injustamente. Es corriente subestimar el sentido de justicia que el niño desarrolla a partir de cierta edad, según su personalidad. En el psicoanálisis de adultos se aprende que en su infancia, ya muy temprano, aproximadamente desde los dos años, supieron distinguir cuándo se cometía una injusticia con ellos y cuándo las exigencias de los adultos eran justificadas, y ello aunque en ambos casos la reacción del niño ante la frustración fuera la misma. En el primer caso tenían la sensación de estar rebelándose con pleno derecho, en el segundo la protesta era puramente formularia.

Los niños tienen esta sensación de injusticia, por ejemplo, cuando los padres les prohíben hacer algo que ellos mismos hacen en presencia del niño. El argumento usual en tales ocasiones, a saber “Aún eres demasiado pequeño”, simplemente no puede ser comprendido por el niño. ¿Cómo habría de comprender que no puede garabatear con el lápiz sobre el papel cuando el padre, a quien por otra parte se le pone como ejemplo, lo hace así? Por una parte el niño tiene que ser “bueno”, es decir, adulto, tranquilo, modesto, obediente; por otra parte, siempre que quiere apropiarse también otros derechos de los adultos, le toca oír la eterna cantinela de que “es demasiado pequeño”. Este argumento está motivado por dos actitudes análogas de los padres: quieren realizar en el niño sus propias aspiraciones, y por lo tanto hacerlo crecer cuanto antes, pero al mismo tiempo exigen que no sean afectados sus propios derechos.

La ambición insatisfecha de los padres constituye uno de los motivos esenciales de la compulsión de educar. Para convencerse de ello basta con observar el comportamiento de una niñera cualquiera con su rorro en el parque, o la conducta de una madre en la consulta del médico. No es posible sustraerse a la impresión de que el educador se cree obligado a hacer algo, a educar, aunque no haya nada que educar, y que siente como una ofensa personal, como un mal testimonio de su arte educativo, cuando su víctima no se comporta de una manera “adulta”. “Siéntate derecho”, “no seas tan maleducado delante del doctor”, “estate quieto”, “mira al doctor”, “di buenos días”, “quítate de ahí”, “ven aquí”, “estírate el vestido”, “no te ensucies las manos”, y así sucesivamente, sin pausa ni respiro. Ningún adulto, sometido a semejante bombardeo educativo, sería capaz de afectar la estoica indiferencia que muestran muchos niños- ya neuróticos, por lo demás. No hay que asombrarse de que los niños sanos reaccionen violentamente ante este tipo de tratamiento.

En su Psicologia del lactante (Psichologie des Säuglings) Bernfield ha razonado convincentemente la tesis de que los motivos de los cuidados del bebé son impulsos de odio contra el recién nacido. Por muy absurdo que ello pudiera parecer, resulta perfectamente plausible si consideramos que entre las restantes medidas educativas son contadas las que no llevan el sello del odio, de la violencia. Valdría la pena hacer un ensayo sobre esta cuestión, para demostrar que la inmensa mayoría de las intervenciones educativas son del tipo de las frustraciones innecesarias y que la sensación que el niño tiene de ser injustamente tratado no carece de base real. También está por hacerse un análisis de la educación considerada como equivalente neurótico de los adultos. Todos los conflictos conocidos, tales como ambición frustrada, insatisfacción sexual, discusiones matrimoniales, en una palabra, todo lo que pertenece al inventario de una neurosis, repercute en la educación del niño. Particularmente importante es la circunstancia de que aquí se trata primariamente de odio, que en toda neurosis, como en toda situación conflictiva, alcanza niveles exagerados. En tal situación resulta bastante indiferente que el odio se manifieste como acto brutal de un borracho o como extrema solicitud de una madre neurótica. En ambos casos el niño se verá abrumado con frustraciones innecesarias.

. . . ( continuará)





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